♪ ♫ ♥Serenity Kikyo♥ ♫ ♪

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No fair, no one, no one to understand, no one to look to Good...

.: Bienvenidos :.

.: Bienvenidos :.

Aquelarre

Muéstrame tu cuello y deja

que mis colmillos rompan

la piel que impide que tu sangre sea para mí

y tu vida será eterna

morirás cada mañana

y renacerás al anochecer

Carmilla - Sheridan Le Fanu

Nota:

Este libro es puesto aquí con fines de lectura, cualquier comentario, duda o sugerencia dejen su comentario. Este libro es mas antiguo que el de Drácula de Bram Stoker. Disfruten de la lectura.


PRIMERA PARTE



Vivíamos en Estiria, en un castillo. No es que nuestra fortuna fuera

principesca, pero en aquel rincón del mundo era suficiente una pequeña

renta anual para poder llevar una vida de gran señor. En cambio, en

nuestro país y con nuestros recursos sólo habríamos podido llevar una

existencia acomodada. Mi padre es inglés y yo, naturalmente, tengo un

apellido inglés, pero nunca he visto Inglaterra.

Mi padre servía en el ejército austríaco. Cuando alcanzó la edad del

retiro, con su reducido patrimonio pudo adquirir aquella pequeña

residencia feudal, rodeada de varias hectáreas de tierra.

No creo que exista nada más pintoresco y solitario. El castillo está

situado sobre una suave colina y domina un extenso bosque. Una

carretera angosta y abandonada pasa por delante de nuestro puente

levadizo, que nunca he visto levantar: en su foso nadan los cisnes entre

las blancas corolas de los nenúfares.

Dominado este conjunto se levanta la amplia fachada del castillo

con sus numerosas ventanas, sus torres y su capilla gótica. Delante del

castillo se extiende el pintoresco bosque; a la derecha, la carretera

discurre a lo largo de un puente gótico tendido sobre un torrente que

serpentea a través del bosque.

He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgad vosotros mismos si

digo la vedad. Mirando desde la puerta de entrada hacia la carretera, el

bosque que rodea nuestro castillo se extiende quince millas a la derecha

y doce a la izquierda. El pueblo habitado más próximo está en esa

última dirección, a una distancia aproximada de siete millas.

El castillo más cercano y de cierta notoriedad histórica es del

general Spieldorf, a unas veinte millas a la derecha.

He dicho "el pueblo habitado más próximo", porque al oeste, sólo a

tres millas, en dirección al castillo del general Spieldorf, hay un


pueblecito en ruinas con su iglesia gótica también en ruinas; allí están

las tumbas, casi ocultas entre piedras y follaje, de la orgullosa familia

Karstein, extinguida hace tiempo. La familia Karstein poseía antaño el

desolado castillo, que desde la espesura del bosque domina las

silenciosas ruinas del pueblo.

Hay una leyenda que explica por qué fue abandonado por sus

habitantes este extraño y melancólico paraje. Pero ya hablaré de ella

más adelante.

El número de habitantes de nuestro castillo era muy exiguo.

Excluyendo a los criados y a los habitantes de los edificios anexos,

estábamos solamente mi padre, el hombre más simpático del mundo

pero de edad bastante avanzada, y yo, que en la época en que

ocurrieron los hechos que voy a narrar tenía solamente diecinueve años.

Mi padre y yo constituíamos toda la familia. Mi madre, de una

familia noble de Estiria, murió cuando yo era aún una niña. Sin

embargo, tuve una inmejorable ama, la señora Perrodon, de Berna. Era

ka tercera persona en nuestra modesta mesa. La cuarta era la señorita

Lafontaine, una dama en toda la extensión de la palabra, que ejercía las

funciones de institutriz, para completar mi educación.

Algunas muchachas amigas mías venían de vez en cuando al

castillo y, algunas veces, yo les devolvía la visita. Éstas eran nuestras

habituales relaciones sociales. Naturalmente, también recibíamos visitas

imprevistas de "vecinos". Por vecinos se entienden a las personas que

habitaban dentro de un radio de cuatro o cinco leguas.

Puedo aseguraros que, en general era una vida muy aislada.

El primer acontecimiento que me produjo una terrible impresión y

que aún ahora sigue grabado en mi mente, es al propio tiempo uno de

los primeros sucesos de mi vida que puedo recordar.

La nursery, como la llamábamos, aunque era sólo para mí, estaba

en una habitación grandiosa del último piso del castillo, y tenía el techo


inclinado, con molduras de madera de castaño. Tendría yo unos seis

años cuando una noche, despertándome de improviso, miré a mi

alrededor y no vi a la camarera de servicio. Creí que estaba sola. No es

que tuviera miedo... Pues era una de aquellas afortunadas niñas a

quienes se ha evitado expresamente las historias de fantasmas y los

cuentos de hadas, que vuelven a los niños temerosos ante una puerta

que chirría o ante la sombra danzante que produce sobre la pared

cercana la luz incierta de una vela que se extingue. Si me eché a llorar

fue seguramente porque me sentí abandonada; pero, con gran sorpresa,

vi al lado de mi cama un rostro bellísimo que me contemplaba con aire

grave. Era una joven que estaba arrodillada y tenía sus manos bajo mi

manta. La observé con una especie de placentero estupor, y cesé en mi

lloriqueo. La joven me acarició, se echó en la cama a mi lado y me

abrazó, sonriendo. De repente, me sentí calmada y contenta, y me

dormí de nuevo.

De súbito, me desperté con la escalofriante sensación de que dos

agujas me atravesaban el pecho profunda y simultáneamente. Proferí un

grito. La joven dio un salto hacia atrás, cayendo al suelo, y me pareció

que se escondía debajo de la cama.

Por primera vez, sentí miedo y me puse a gritar con todas mis

fuerzas. La niñera, la camarera y el ama de llaves acudieron

precipitadamente, pero cuando les conté lo que me había ocurrido

estallaron en risas, a la vez que trataban de tranquilizarme. Aunque yo

era una niña, recuerdo sus rostros pálidos y su angustia mal disimulada.

Las vi buscar debajo de la cama, por todos los rincones de la habitación,

en el armario y oí a mi ama susurrar a la niñera:

-¡Mira! Alguien se ha echado en la cama, junto a la niña aún está

caliente.


Recuerdo que la camarera me acarició y que las tres mujeres

examinaron mi pecho, en el punto donde yo les dije que había sentido la

punzada. Me aseguraron que no se veía ninguna señal.

El día siguiente lo pasé en un continuo estado de terror: no podía

quedarme sola un instante, ni siquiera a plena luz del día.

Recuerdo a mi padre junto a mi cama, hablándome en tono festivo,

así como preguntando a la niñera y riéndose de sus respuestas. Luego

hacía muecas, me abrazaba y me aseguraba que todo había sido un

sueño sin importancia.

Pero yo no estaba tranquila, porque sabía que la visita de aquella

extraña criatura no había sido un sueño.

He olvidado todos mis recuerdos anteriores a este acontecimiento,

y muchos de los posteriores, pero la escena que acabo de describir

aparece vívida en mi mente como los cuadros de una fantasmagoría

surgiendo de la oscuridad.

Una tarde de verano, particularmente apacible, mi padre me pidió

que le acompañara a dar un paseo por el maravilloso bosque que se

extiende ante el castillo.

-El general Sipeldorf no vendrá a visitarnos, como esperábamos -

me dijo, durante el paseo.

Nuestro vecino debía pasar varias semanas en el castillo. Con él

debía venir también su joven sobrina y pupila, la señorita Reinfelt. Yo no

conocía a la señorita Reinfelt, pero me la habían descrito como una

joven encantadora. Quedé muy desilusionada ante la noticia que

acababa de darme mi padre; mucho más de lo que pueda imaginar

alguien que viva habitualmente en la ciudad. Aquella visita, y la nueva

amistad que seguramente había de surgir de ella, había sido objeto

diario de mis pensamientos durante muchas semanas.

-¿Cuándo vendrán? -pregunté.


-El próximo otoño. Dentro de un par de meses -respondió mi

padre, y añadió: -Me alegro, querida, de que no hayas conocido a la

señorita Reinfelt.

-¿Por qué? -inquirí, molesta y curiosa al mismo tiempo.

-Por que la pobre muchacha ha muerto.

Quedé sumamente impresionada. El general Spieldorf decía en su

última carta, seis o siete semanas antes, que se sobrina no se

encontraba muy bien, pero nada hacía pensar en la posibilidad, ni

siquiera remota, de un grave peligro.

-Aquí tienes la carta del general -continuó mi padre,

entregándomela -. Me parece que está muy trastornado.

Indudablemente, cuando escribió la carta se hallaba muy excitado.

Nos sentamos en un banco de piedra, junto al sendero de los tilos.

El sol desaparecía con todo su melancólico esplendor detrás del

horizonte selvático, y el torrente que discurría junto a nuestra mansión

reflejaba el colorido escarlata del cielo, cada vez más pálido.

La carta del general Spieldorf era tan insólita y apasionada, que la

releí detenidamente para comprender su sentido. Quizás el dolor había

trastornado su mente.

Decía así:

"He perdido a mi querida sobrina: la quería como a una hija. La he

perdido y solamente ahora lo sé todo. Ha muerto en la paz de la

inocencia y en la fe de un futuro bendito. El monstruo que ha

traicionado nuestra ciega hospitalidad ha sido el culpable de todo. Creí

recibir en mi casa a la inocencia, a la alegría, a una compañía querida

para mi Berta. ¡Dios mío! ¡Qué loco he sido! Consagraré los días que me

quedan de vida a la caza y destrucción del monstruo. Sólo me guía una

débil luz. Maldigo mi ceguera y mi obstinación... todo... Es demasiado

tarde. En estos momentos no puedo escribir ni hablar con serenidad;

estoy demasiado trastornado. En cuanto esté mejor me dedicaré a la


búsqueda e iré posiblemente hasta Viena. Dentro de un par de meses,

hacia el otoño, iré a visitaros, si es que aún estoy vivo. Al propio tiempo

os contaré lo que ahora no tengo fuerzas para escribir. Adiós. Rogad por

mí, queridos amigos".

Aquí terminaba la carta. Si bien yo no había conocido a Berta

Reinfelt, mis ojos se llenaron de lágrimas. La noticia de su muerte me

impresionó muchísimo.

Devolví a mi padre la carta del general. El sol se hundía cada vez

más en el ocaso y la tarde era dulce y clara. Paseando bajo la tibia luz

del atardecer, nos entretuvimos haciendo cábalas sobre le posible

sentido de las incoherentes y violentas afirmaciones de aquella carta. En

el puente levadizo encontramos a la señorita Lafontaine y a la señora

Perrodón, que habían salido a admirar el magnífico claro de luna.

Frente a nosotros se extendía el prado por el cual nos habíamos

paseado. A la izquierda, el camino discurría bajo unos vulnerables

árboles y desaparecía en la espesura del bosque. A la derecha, la

carretera pasaba sobre un puente severo y pintoresco a la vez, junto al

cual se erguía una torre en ruinas. En el fondo del prado, una ligera

neblina delimitaba el horizonte con un velo transparente, y de cuando

en cuando se veían brillar las aguas del torrente a la luz de la luna.

Lo mismo a mi padre que a mí, nos seducía lo pintoresco y nos

quedábamos contemplando en silencio la espléndida llanura que se

extendía ante nosotros. Las dos buenas señoras, a pocos pasos,

discutían acerca del paisaje y hablaban de la luna.

La señora Perrodon era más bien gruesa y veía todas las cosas

desde un punto de vista romántico. La señorita Lafontaine pretendía ser

psicóloga y algo mística. Aquella tarde afirmó que la intensa luminosidad

de la luna estaba en relación directa con una especial actividad

espiritual.

Los efectos de una luna llena como aquélla podían ser

múltiples. Influía en los sueños, en la locura, en la gente nerviosa y

hasta en los hechos materiales.

-Esta noche -dijo-, la luna está llena de influjos magnéticos. Mirad

cómo brillan las ventanas con un resplandor plateado, como si unas

manos invisibles hubieran iluminado las estancias para recibir

huéspedes espectrales.

En aquel momento, el insólito rumor de las ruedas de un carruaje y

del galope de muchos caballos sobre la carretera atrajo nuestra

atención. Parecía aproximarse descendiendo de la colina que dominaba

el viejo puente, muy pronto, un pequeño tropel desembocó por aquel

punto. Primero cruzaron el puente dos caballeros, luego apareció un

carruaje tirado por cuatro corceles, y finalmente otros dos caballeros

que cerraban el cortejo.

Parecía el coche de una persona de rango. Nuestra atención quedó

prendida en aquel espectáculo inusitado, que no tardó en hacerse aún

más interesante, porque, cuando apenas habían pasado la curva del

puente, uno de los caballos del tiro de desbocó y, contagiando su pánico

a los otros, arrancó a todo el tiro con un galope desenfrenado,

irrumpiendo entre los caballeros que precedían al carruaje, y avanzando

a nosotros con la violencia y la furia de un huracán.

En aquel momento culminante, la escena adquirió caracteres de

tragedia, debido a unos gritos femeninos procedentes del interior del

vehículo.

Mi padre permaneció en silencio, mientras nosotras lanzábamos

exclamaciones de terror. El final no se hizo esperar. El punto de enlace

de la carretera con el puente levadizo estaba delimitado a un lado por

un soberbio tilo, y al otro por una cruz de piedra. Los caballos que

marchaban a una velocidad vertiginosa, se desviaron asustados al ver la

cruz, arrastrando las ruedas contra las raíces salientes del árbol.

Asustada por lo que podía ocurrir, me tapé el rostro con las manos, no

resistiendo la idea de ver cómo la carroza se salía del camino. En aquél

mismo instante oí el grito de mis compañeras, que estaban un poco más

adelantadas que yo. Abrí los ojos, impulsada por la curiosidad, y

contemplé una escena sumamente confusa. Dos caballos yacían en el

suelo. El carruaje estaba volcado, apoyado sobre uno de sus lados, con

dos ruedas al aire. Los hombres se afanaban arreglando el vehículo, de

cuyo interior había salido una señora de aspecto autoritario, que retorcía

nerviosamente entre sus manos un pañuelo. Ayudamos a salir del

carruaje a una joven, al parecer desmayada. Mi padre se había acercado

a la señora de más edad, sombrero en mano, ofreciéndole ayuda y

cobijo en el castillo. La señora no parecía oír nada, y sólo tenía ojos para

la frágil muchachita que había sido reclinada en el respaldo de un banco.

Me acerqué. La joven había perdido el conocimiento, pero sin duda

estaba con vida. Mi padre, que se preciaba de tener algunos

conocimientos médicos, le tomó el pulso y aseguró a la señora, que se

había presentado a sí misma como madre de la joven, que la pulsación,

si bien débil e irregular, era perceptible. La señora juntó sus manos y

alzó los ojos al cielo, al parecer en un momentáneo transporte de

gratitud; luego, repentinamente, se desahogó haciendo gestos teatrales,

que, sin embargo, son espontáneos en cierto tipo de personas. Era una

mujer de buen ver, que en su juventud debió haber sido seductora.

Delgada, aunque no flaca, iba vestida de terciopelo negro. Su pálida

fisonomía conservaba una expresión orgullosa y autoritaria, a pesar de

la agitación del momento.

-¡Qué desgracia la mía! -exclamó, retorciéndose las manos-. Estoy

efectuando un viaje que es cuestión de vida o muerte. Un hora de

retraso puede tener consecuencias irreparables. No es posible que mi

hija pueda reestablecerse del golpe recibido y continuar un viaje cuya

duración no es posible prever. Deberé dejarla forzosamente en el

trayecto. No quiero correr el riesgo de llegar con retraso. ¿A qué


distancia se encuentra el pueblo más próximo? Es necesario que la lleve

hasta allí, para recogerla a mi regreso. ¡Y pensar que tendré que pasar

por lo menos tres meses sin ver a mi querida hija, sin tener noticias

suyas!

Tiré a mi padre de la chaqueta y le susurré al oído.

-Padre, dile que la deje con nosotros... Me gustarías mucho. Hazlo

por mí.

-Si la señora quiere confiar a su hija a los cuidados de la mí y de

nuestra ama, la señora Perrodon, si permite que su hija se quede con

nosotros, bajo mi responsabilidad, hasta su regreso, lo consideraremos

como un gran honor y tendemos para ella los cuidados y la devoción

que el deber de la hospitalidad imponen -dijo mi padre

solemnemente.

-No puedo aceptarlo -respondió la desconocida con mucha

circunspección-; sería abusar demasiado de su amabilidad.

-Al contrario nos haría un gran favor. Precisamente vendría a llenar

un inesperado vacío. Hoy mismo, mi hija ha sufrido una gran desilusión,

debido a la noticia de que se ha frustrado una visita que esperábamos.

Si confía su hija a nuestros cuidados, será su mejor consuelo.

En el aspecto y actitudes de aquella señora había algo tan especial

e imponente, y en cierto sentido fascinante, que, aún prescindiendo del

séquito que la acompañaba, daba la impresión de ser una persona de

rango.

Entretanto, el carruaje y los caballos, ya calmados, estaban de

nuevo enganchados.

La señora dirigió a su hija una mirada que a mí no me pareció

afectuosa, como era de esperar después de la terrible escena, y

seguidamente llamó a mi padre con un gesto y se apartaron unos pasos

de nosotros. Mientras hablaba, la señora mantuvo un expresión fría y

grave, muy poco acorde con su anterior conducta.


Conversaron unos minutos; luego, la señora regresó y dio unos

pasos hacia su hija, que yacía entre los brazos de la señora Perrodon.

Se arrodilló a su lado y le susurró algo al oído. La besó

apresuradamente y luego entró precipitada-mente en el carruaje,

cerrando la portezuela, mientras los portillones trepaban al pescante y

los batidores espoleaban sus caballos. Los postillones hicieron restallar

sus látigos y los caballos se lanzaron al galope; el carruaje desapareció

entre una nube de polvo, seguido de los dos caballeros que cerraban el

cortejo.

 

CONTINUARÁ

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Mägo de Oz - Gaia III: Atlantia

Mago de Oz - Gaia II: La Voz Dormida

  • Introducción
  • Volaverunt Opus 666
  • La Voz Dormida
  • Hazme Un Sitio Entre Tu Piel
  • El Poema De La Lluvia Triste
  • El Callejón Del Infierno (Inst.)
  • El Paseo De los tristes
  • La posada De Los Muertos
  • Desde Mi Cielo
  • En Nombre De Dios
  • Íncubus y Súcubus (inst)
  • Diabulus In Musica
  • Mañana Empieza Hoy
  • El Príncipe De La Dulce Pena
  • Aquelarre
  • Hoy Toca Ser Feliz
  • Creo (La Voz Dormida - Parte II)
  • La Cantata Del Diablo (Missit Me Dominus)
  • El Salmo De Los Desheredados

Mi iPod!!!!

Lilith

Lilith

La Cantata del Diablo (Missit me Dominus)

¡¡En  nombre  de  la  libertad,  la  fe  en

 uno  mismo  y  la  paz!! 

 

Quemad  las banderas   

 ¡¡No a la religión!! 

 

¡¡Y  que  tu  Dios  sea  canción compuesta con el corazón!!!

 

¡¡Y  que  tu país  sea a  donde  te  lleven  los  pies!!